I You Me We Us

La muestra establece un diálogo entre piezas de tres artistas españolas afincadas en Bélgica: Peel, de Alex Reynolds; Llevar les angines a través de tres generacions, de Laura Palau; y Sex and place vol.1, preliminaries, de Andrea Zavala (en colaboración con Adriano Wilfert), con una obra de la colección del M HKA realizada por Margaret Salmon, de la que toma el título la exposición.

A través de imágenes, gestos de cuidado y saberes intergeneracionales, la muestra explora cómo los cuerpos, las relaciones y las prácticas compartidas transmiten historias hacia el futuro, a veces expandiéndose, a veces rompiéndose, pero siempre transformándose.
Al reunir rituales domésticos y experiencias colectivas, las obras ofrecen una mirada delicada sobre cómo imaginamos la idea del renacimiento mediante el tacto, la memoria y los actos cotidianos que nos unen y reúnen.

Más abajo se encuentra el texto comisarial.






















Una esponja

Al igual que la esponja, la naranja busca recuperar su compostura tras pasar por la prueba de haber sido estrujada. Pero si bien la esponja lo consigue siempre, la naranja jamás, porque sus células ya estallaron, sus tejidos están ya desgarrados.

La naranja, 
Francis Ponge (1942)

A todo día le precede otro. A todo cumpleaños le precede, cada vez más tiempo atrás, el día en que nacimos. Pero ¿nacimos dónde? ¿de quién? ¿junto a quiénes? ¿cuándo?

Tanto mi padre como mi madre, que nacieron en territorios españoles bien lejanos entre sí, me han contado que en su infancia era algo habitual recibir como regalo (de cumpleaños, por navidad) una naranja. Una fruta que, recién terminada la guerra, se parecería a un juguete envuelto en precioso papel naranja. Un juguete para la boca, ventana de cuerpos con hambre. Y ambxs me describían lo buenas, lo buenísimas que estaban. 

Desenvuelto el regalo, dentro, la fruta, y, aún dentro, la semilla, porque toda fruta es madre. Afuera, la carne, el jugo o el aceite del fruto: todo fruto es un regalo. Nacemos y no escogemos dónde ni de quién ni cuándo. O tal vez sí que lo hicimos. 

El territorio y la escenografía de la crianza determina los saberes que nos performan y que iremos performando: la herencia en vida de nuestrxs mayores. Después morimos y los saberes quedan y performan, quedan y así para siempre el aceite de la oliva curará los males de garganta al ser frotado en las muñecas, sucederá entre otros lugares en los del levante español, se deslizará como vemos en las manos de tres mujeres, de tres generaciones cualesquiera. Para hacerlo hay que romper las anginas, nos cuenta Laura Palau, usar la grasa de la aceituna para romper los tendones que atraviesan las muñecas. Se requiere ese contacto, para estrujar el cuerpo como sacándole a su vez su aceite, hay que tocar el hueso y violentarlo. El hueso de la aceituna es un pequeño torpedo de madera muy dura, que puede en ocasiones penetrar fácilmente hasta el corazón, escribe en otro momento Ponge. Laura nos cuenta que su abuela, la mayor de esas tres mujeres, ya murió, y que le gusta verla proyectada, aquí en Bélgica, donde vive ella. Francis Ponge, años después, le escribe un poema a la naranja, que continúa así: mientras externamente va de a poco recobrando su forma gracias a su elasticidad, se ha derramado un líquido de ámbar, acompañado de un frescor y de perfumes suaves, es verdad, pero también muchas veces de la amarga conciencia de que han sido expulsadas antes de tiempo sus pepitas. En la película de Alex vemos dos manos de dos personas diferentes pelando una misma naranja. Son Alma y Nilo, amigxs, compañerxs y protagonistas de otras películas, de otros pasajes vitales de Alex. Otras líneas genealógicas, encargadas de reescribir lo que el presente tiene de semilla, para descubrir que lo cotidiano -una fruta es pelada en la cocina- está preñado de posibilidad, de dulzuras y violencias y que, en esa danza que supone nuestra interacción con el mundo, podemos editar el texto heredado y escoger cada vez dónde, de quién, junto a quiénes, cuándo nace el momento presente, el posterior, y así, con él, el recuerdo. 

En esta exposición encontramos, aunque instalados de tres modos diferentes, tres películas rodadas en 16 mm. Este formato, que en las personas de mi generación remite a los recuerdos archivados por la de nuestrxs adres, acentúa sensaciones hápticas en la producción y en la lectura de imágenes. En la tercera, Margaret Salmon filma el cotidiano de dos mujeres que conviven y que exploran la erótica del mundo en el cruce entre sus cuerpos como pequeño colectivo; con sus espacios como individuos, ahora autores de breves cartas; con el entorno y los otros seres vivos, en la contemplación de hermosas floraciones. Un acto de extimidad (término acuñado por José Luis Pardo, para definir la exhibición de dimensiones íntimas) en un espacio doméstico. Una celebración, de nuevo, de la hermandad no biológica, de la sexualidad no reproductiva. En la raíz de la palabra compañera encontramos el pan, y es con quien se comparte. Algo después, Francis Ponge también lo describe, y dice que la miga tiene un tejido semejante al de las esponjas: hojas o flores son en ella como hermanas siamesas soldadas por todos los codos a la vez. La exposición alarga el visionado de estos vídeos con una publicación que se sirve, a su vez, de estos vídeos como fondo. El fondo para la crianza –se cocina, se cura, se acaricia–, para la pareja –se cría, se acaricia, se mantienen relaciones sexuales– y sus desbordes en otras configuraciones –se tienen amantes, se descubren otros mundos y otros números más allá del 2 de la pareja y del 2+1 de la pareja que cría–. Se trata de una escritura compartida entre Andrea Zavala y Adriano Wilfert, quienes exploran las posibilidades de una vida poblada de modelos sexo afectivos extranormativos. En algún momento de algún poema, Francis Ponge dice que la esponja es puro músculo, y se lleva de viento, del agua limpia o sucia, según el caso, y dice, pensamos que para bien, que su gimnasia es innoble.

Javi Cruz