Kobold (texto)



A.

A la entrada de este pueblo se forma un remolino. Los he visto en las entradas principales de otros pueblos de la zona; se unen y desmembran, pequeños pero bravos tornados de viento con restos de paja que asenderean a quienes tratan de entrar. Un remolino antiguo que imagino asustando a forasteros que antaño llegaron a pie, a caballo, en burro o en carrozas, y que alguna vez descartaron venir siquiera por no cruzar este umbral.

Ahora llegamos desde la ciudad en furgoneta y, justo antes de atravesar su espesor, alguien dice: «¡el remolino este sí que es típico del pueblo!»


1.

Un kobold es un duende, un trasgo, un diablillo o espíritu doméstico que también vive en las cuevas, en los barcos; un vocablo alemán que probablemente viene de kofewalt, nombre del espíritu que gobierna una habitación o edificio. 

En la Edad Media hay personas que buscan plata en las minas de Sajonia. Encuentran a menudo otro metal que les hace enfermar y hasta morir, uno que al ser procesado como si fuera plata les agrede y que parece, lo juran, es la mansa plata en sí. 

Aprenden a identificarlo y cada vez que lo encuentran gritan «kobold, kobold!» porque piensan que un diablo del subsuelo les ha vuelto a embrujar la plata, les ha dado el cambiazo otra vez por ese otro metal, kobold, kobold!, que ahora llamamos cobalto. 


2.

Aquí, en los primeros días del año, hay tradición de observar las lluvias para predecir los meses húmedos y los secos. Cabañuelas, témporas, montoncitos de sal en 12 capas de cebolla. Hay quien mira las orejas de las vacas y a las vacas enteras, porque se agrupan antes de que llueva para mantener el suelo seco. Hay huevos de lagartija y croares de sapo, hormigas en fila y otras con alas que también anuncian lluvias. Claro que hay Meteosat, sensores en aviones, nowcasting, nerviosismo animal básico, olores según dónde y hasta esa sensación de que el aire se ha electrificado.

Aquí, en casa, hay una figurilla de una Virgen cuyo manto varía de azul a rosa para predecir las lluvias. Enrosece cuando va a llover, se va azulando si va a salir el sol. Es una Virgen de Fátima que predice las lluvias, la trajo mi madre, y hay, también, en la ingle de mi madre, una burbuja de aire que predice, con la mayor precisión que nunca he visto, las lluvias, los granizos y las nieves. Es aire que se encapsuló cuando nació mi hermana: un esqueje del parto, un barómetro. Ella, que ya sabe que va a llover, espera hasta ver el halo de humedad en la luna, ese aro rojizo, para señalarlo y entonces ya dice que va a llover. 

«En esta ciudad siempre llueve, niño, así que me llegó ya con el manto rosa, y así sigue».

Cuando le envío una de estas Vírgenes a Álex, químico de profesión, asegura que están recubiertas de gel de sílice y cloruro de cobalto, una sal que varía de azul a rosa según la humedad ambiente. 

«Me gusta que lo llames danza, niño, en verdad, sí, es un baile de electrones dentro del átomo, que determinan su color y da la casualidad de que se mueven mucho».

Pero Álex mira el manto en un microscopio de electrones y ve que allí no hay ni cloro, ni cobalto, «curioso, curioso, tío, no hay ni rastro de cobalto». 

Aún no sabemos qué es, está bien así, le escribo: «la danza, niño,
ay, la danza».


3.

Si hoy va a llover
es que hoy voy a pintar.

A la entrada del estudio, en un vano mirando afuera, hay perenne una figura, pequeñita, de Fátima. 
Si su manto está rosa preparo los papeles.

En la mañana había visto unas nubes alejarse,
pero otras se acercaban y pensé 
ahí están, literalmente, todos los trazos que serán las pinturas de hoy, en esas gotas condensadas, en esas nubes, ahí, ya vienen. 


4.

En este momento el relato cristiano se apropia de muchas entidades daimónicas, paganas o politeístas y las unifica en una imagen antropomorfa y amable: la de una madre reina de los cielos. Así, los daimones o espíritus de las cosas y los lugares, las presencias feéricas como los kobolds, se fueron convirtiendo en Vírgenes: la de la Roca, la de la Encina, la de la Cueva, la de las Nieves…, la Virgen del Pilar, que se apareció pequeñita ante un pilar del templo. 

5.

Hay tres montañas, las tres huecas. 
En una montaña de texto, el vacío central son todos los huecos juntos, todo el silencio. 

Esta tierra es conocida por sus yesos, de ahí su nombre: Vicálvaro, la Villa Blanca, Vicus Albus. En un extremo hay un cerro conocido por su forma, de ahí viene su nombre en árabe, Almodóvar: el redondo. Rico en yesos y en sílex, colinda con una villa vecina, fundada también por los árabes, por un tal Kas, en concreto. 
En tiempo remoto, en una cueva del cerro, al refugio de las lluvias, un pastor acaba de encontrar la talla en yeso de una Virgen, que hoy se conoce como la de la Torre. 
Ambas villas ansían tener la figura en sus altares y llegan al siguiente acuerdo: encenderán una hoguera aquí, en la roma cima del cerro, y allá donde se dirija el humo la Virgen no irá.


Me mirabas a los ojos
los míos como carbones.

Hay una montaña hueca, aunque encima vegetan altos pinos y cipreses, olivos, algún castaño y hasta más de 10 palmeras que son palmeras washingtonias. Un cerro vacío con corteza suficiente para que arraiguen ahí, una montaña artificial. El interior es una bóveda construida con barro y sílex que alcanza 10 metros de altura, donde un remate u óculo aspira algo de luz. El eco es tan musculoso que redondea todo sonido. Es mejor no hablar. 

Antes de salir —y es que aquí no ha entrado nadie en los últimos 20 años, por muy céntrico y turístico que sea el jardín—, desprendo algo de sílex de la bóveda: lo observo, cortante y duro. Sílex, piedra de pedernal, piedra de mechero, se me acomoda en la mano. Sílex, roca de silicio, lo siento frío en la palma, lo imagino fulgurar, me lo llevo en el bolsillo. Saliendo, el ojo abierto se encandila con los deslumbres del día, me acuerdo de la canción: es lo mismo que un nublao de tiniebla y pedernal.



La iglesia sigue allí, pero en forma de montículo. La derribó un misil en la guerra porque era un refugio republicano. 
Construida por Sabatini para dar servicio religioso al bosque, la iglesia de la Torrecilla ha ido erosionando y convirtiéndose en una loma desde entonces.

Ahora es un montículo cualquiera del bosque con sus banquitos encima. Una iglesia con topping de banquitos y de cumpleaños. Me gusta subir a lo alto e imaginar la luz entrando por el rosetón. Me gusta no saber dónde está exactamente, pero saber que ahí está el rosetón, macizado por mi peso, y que solo habría que cavar para encontrarlo.

Estamos en el tejado de la iglesia de la Torrecilla.
Hay unos bancos y restos de pipas. 
No hay que entrar, no se puede.


6.

El techo hecho 
de suelo
al fin

la colina rota
en la colina rota
the broken hill




7.

Al otro lado del camposanto,
en el vertedero, bajo un sol de otoño y
muy cerca del crematorio,
vemos a las hormigas con alas salir de sus hormigueros.

No suben hasta el orificio, se apean en la superficie y ya una vez ahí vuelan, no. Suben volando por el conducto vertical, pasan de un mundo al otro sin detenerse en el nuestro, en el pedestre suelo, aquí en el barrio. 

Salen como si un pájaro rompiera volando el cascarón del huevo.

Toda cruz
lo suficientemente abierta
se parece a un huevo.


8.

Aún no sabemos leer. Hay campanas y formas. 
Los lugares se reconocen aún por su ubicación relativa al resto, por sus colores. Aún, los amaneceres de nubes rojas en todo lugar anuncian agua. 

Antes de los rótulos, hay un signo para designar posada: dos cipreses adultos, uno a cada lado de la puerta. 
Los cementerios se han poblado de cipreses porque crecen hacia abajo igual que en la superficie y nadie quiere ver las tumbas levantadas por las raíces.
Hay una semilla, como la del ciprés, que sobrevive largos períodos de tiempo sin humedad, familia de las semillas ortodoxas. Hiberna y ejecuta una atenta escucha del ambiente, atenta y a menudo larga. Su piel está equipada con células sensibles a los cambios de humedad. Cuando se le da la oportunidad, por mucho tiempo que haya pasado, germina.


9.

En esta ciudad o puerto que se desamontona en el Pacífico hay un cementerio, el N°2, que está en lo alto de un cerro. 
A los pies, en la cota más baja de un corte que es un barranco, se puede imaginar claramente cómo los cuerpos macizan y a la vez esponjan el cuerpo del cerro en sí. 
Los cementerios-montaña, esos cerros cada vez más huecos de cerro, cada vez más llenos de hueso. 


10.

De tanto mirarlos, hay colores que se meten en el ojo. Al salir del estudio, a veces, los colores con los que he trabajado se multiplican afuera. 
No me fijo tanto en la forma de la nube, 
pinto la que aparezca.
Ni siquiera en el color porque los tengo ya elegidos, coinciden con los del ojo
(es como una grisalla pero en tonos azul, violeta y rosa cobalto).
Solo necesito que haya nubes 
al lado opuesto del sol cuando anochece,
en contraplano,
no hay mucho más que decidir.


11.

Al pie del cerro redondo
encuentro una multitud de hojas de papel,
papeles rosas.

Llovizna, y, entre el agua, el viento y el pie redondo del cerro, se han ido moldeando. 


12. 

Lo que pasa es que el sol danzó en Cova da Ira, 
El Milagro de Fátima.

Pasa que en Fátima o sol dançou.

Más de 30.000 personas
(hay quien dice que 100.000)
peregrinan para ver a la Virgen aparecerse 
o para ver el milagro que Ella va a producir
la coreo
Su perfo 

Dicen que de entre las nubes sale un sol gris 
luego de otros colores, danza, dicen,
el sol danza en portugués y en octubre

o sol

oh, sol

Estrella, sol, sal

estrella solo sal

de tu abismal
sima sin fin.


B.

Aquí hay un lago rodeado por 12 pueblos, cada uno con el nombre de un apóstol. Nacido de un cráter, su marea sube y baja cada 60 años. Quienes lo pueblan se están mudando pendiente arriba. Sonríe uno de ellos al decir que cuando el agua baje sus descendientes volverán a habitar la casa, que ya ha empezado a inundarse. 

Al poco de amanecer, buscamos un lugar que nos indicaron ayer para bañarnos. No es fácil de encontrar, nos advierten, los caminos se bifurcan una y otra vez en los anillos que bordean el agua. Pero alguien nos cuenta que hay guías, espíritus del lugar que se presencian como perrillos y te llevan, si tienes suerte, hasta el sitio deseado.

Al poco de perdernos aparece el nuestro, un perro blanco y mediano que, antes de desaparecer, nos lleva hasta el sitio deseado.