Nikki, para Rubén Martín de Lucas

Hay otros mundos
pero están en este 

Paul Éluard


Hacía tiempo que nadie me llamaba así, me respondió. A los pocos días me llamaba él por teléfono y ponía R DICK en la pantalla. Mítico R Dick, pensé, y le dije que de chavales íbamos hasta La Alameda a ver un graffiti tuyo, el de la ballena. Nos reímos en el pliegue. Yo estaba tendiendo la ropa y otro vecino me quiso presentar a Rubén, que también es artista. Yo le dije te conozco, y era cierto. Pero me parecía muy de grupi haberle interrumpido el baño en las pozas de al lado de casa cada vez que le había visto desde que nos mudamos aquí. Además yo sólo conocía su nombre de escritor. Qué bonito es que lxs graffiterxs nos llamásemos, entre nosotrxs, escritores. 

Ahora somos vecinos de este pueblo cuyo nombre también ha ido cambiando, y que originalmente se llamaba algo así como al pie de la roca. Los nombres de las personas, ahora Rubén, de las pozas, La Nati, La Kati, de los pueblos, Piedralaves, son como aquellos de los muros, el de La Alameda, donde yo después también pinté a menudo, una vez sobre otra; nombres que vamos viendo solaparse, tacharse, reescribirse. 

Lxs escritores de graffiti podríamos nombrarnos editores, porque siempre andamos solapando, tachando, reescribiendo. Explorando las mismas letras y los mismos iconos, nos volvimos expertxs de una gramática y una semiótica singular, portadores de un arte combinatorio. 

El mundo es un texto heredado y vinimos a leerlo pero también podemos editarlo: reescribirlo, tachar algunas partes y escribir de nuevo, combinar sus partículas mientras el mundo, a su vez, nos va recombinando. 

Quien escribe graffiti se vuelve pintorx, a menudo, con los años. Lo que no es tan común es que unx escritorx además escriba, y que esa escritura ya no se ocupe de poner en loop las 5 letras (r d i c k) sino que se combinen abundantemente con otras y que juntas sirvan como cauce –bajan por el poema como por la garganta–  para analizar el presente. 

Los poemas de Rubén, a los que llegué cruzando el puente sobre el agua que separa nuestros talleres, me trajeron un recuerdo, un recuerdo del futuro, 

y una lista de otros mundos por venir,

algo que vi venir, algo que vi

mientras le veía

entre monocromos

perseguir el matiz del blanco

adulterar el blanco de titanio heredado

virarlo 

de verde lago

de verde césped

de azul lago

de gris Madrid

de gris camino

le vi

blanquear el muro, 

y es que ayer, en su estudio, ¿aquí? en Piedralaves, 

le vi otra vez pintar la ballena

y era blanca

digo otra vez aunque la de los 90

al pie del muro

no, 

aquí

la ballena del mural de los 90 estaba recién pintada y recién borrada en un cuadro nuevo, recién tachado y suyo, aquí

al pie de la roca

la ballena blanca, su nombre Dick, el capitán Ahab y su obstinato por lograrla ver

íbamos de chavales

el primer día que hablamos

que hablamos de vivir ¿aquí? en el pueblo 

del título de esta exposición, de tantos títulos posibles,

salió una frase: El futuro está detrás.

Recordé

un listado, 

le fui contando 

algo que vi 

despertando en un aeropuerto

vi que hay un mundo

por venir

donde puedes tomar caviar y vodka,

y hay salmones adiestrados

que sobreviven en una hibernación precisa

y que al abrir la urna el pez está programado,

adiestrado, para morir 

y muere fresco y su carne está divina

pero antes de morir hace un giro de cuello

y mira y dice gracias

que hay un mundo

le contaba

en el que existen fármacos que sirven para no sentir calor

como quien se toma un paracetamol para dejar de sentir un calor ya insoportable

y ante las mayores ráfagas el fármaco produce urgencia 

para que corras 

a un interior climatizado, a un bosque

que hay un mundo 

en el que la telepatía existe 

pero sólo a cambio de una descarga de dolor que pocas personas soportan

y empieza a contabilizarse como notable causa de muerte

un mundo 

en el que nos damos cuenta de que la carne que consumimos 

ya hace mucho tiempo que es sintética, 

de que lo más difícil

fue construir los nervios, las acumulaciones de grasa, las venitas seccionadas,

esas pequeñas asquerosidades 

que dan verosimilitud a un buen filete,

de que lo más difícil era 

fabricar el desperdicio

un mundo 

le contaba 

en el que unas pocas personas viven casi para siempre

y solicitan trasplantes genitales

para tener relaciones sexoafectivas con y como jovenzuelxs

y hay personas que se ofrecen,

obviamente por dinero

que hay un mundo 

en el que existe una cirugía estética vocal

que persigue voces en particular, 

–hay catálogos disponibles–,

todas voces que provienen de medios digitales, 

de procesadores de texto, buscadores, traductores, aplicaciones que han ido 

homogeneizándose en una voz de apariencia humana.

En ese mundo, la voz más solicitada, y que ya muchas gargantas humanas reproducen, es una voz de corte vintage, la primera de esa serie, digitalizada en los 2010 y utilizada durante décadas por Google: la voz de Nikki. 

En ese mundo –no como en el de ahora, que escuchamos las risas enlatadas de las series, de los bancos de sonido, y no caemos en que todas esas personas que reían ya están muertas–, la voz de Nikki es un fetiche consciente, un símbolo de estatus mercadeado ampliamente en clínicas de cirugía ambulatoria (venden: ¡Habla como Siri en 24 h.!), un ornamento. En ese mundo por venir, el hueso hioides de Nikki –ese hueso flotante que sustenta la voz en la garganta–, fue preservado largo tiempo y está expuesto en el Museo de la Voz, perteneciente a la red de clínicas pionera. 

Pero hoy, en 2025, Nikki aún es una amiga de Rubén que trabajó con Google para poner la voz castellana al traductor web, y es una voz que casi todxs hemos escuchado y que incluso podemos recordar. 

Sin saberlo, su voz locutaba en la primera pieza textual de Rubén, un poema-manifiesto de 7 minutos que era leído por la voz sintetizada de Nikki, y que por tanto sonaba con esa estética –aún muy de nuestro presente–, de una voz disociada de una garganta, de un tiempo y de una tarea humana. 

Rubén le ha pedido a Nikki (volver a) leer algunos fragmentos de ese texto, para montarlo en unas campanas de esparto que ofrecen una paradójica tecnología para la escucha. 

Que Nikki lo lea ahora, de la forma en que ella, y no un programa, quiera pronunciarlo, genera un pliegue en el que la voz procesada de Nikki recordaba su futuro. Nikki recupera una voz humana y nos la devuelve al mundo. 

Hay un mundo en el que devolverse al pueblo, al bosque, a la garganta de agua trae imágenes que son como recuerdos nítidos de un porvenir aún misterioso. Aquí el futuro, a veces, en el mejor de los casos, sigue detrás.